Juré previamente en vano ante dos grandes cofrades que, me abstendría de hacer pública esta bochornosa experiencia. Pero, como es tan escaso lo que puedo compartir de mi actualidad así también, en vista de mi miseria mental, mi trillada inventiva, mi execrable ostracismo y mi evidente falta de talento lírico, todo esto me ha dado como resultado un lógico vacío repertorial de inconmensurables proporciones en mi mediana bitácora de vida.
Por eso es que me queda como única opción, hacerles llegar la primera de mis correrías de una saga larga de infortunios que con todo el gusto que significará para mi, habré de compartir con ustedes, mis apreciados hermanos gregarios.
Ahora, ya que supo aguantar usted, la molesta introducción a modo de abuelito en mecedora y tanque de oxígeno al pie de una chimenea, mi historia comienza teniéndome, naturalmente, absorto en la cotidianidad digna de un universitario que atraviesa los primeros gajes de la etapa post-primípara en donde se supone que ya tienes alguna vaga referencia que te permita saber a qué atenerte respecto a cada una de las feroces bestias catedráticas que habrán de determinar arbitrariamente tu rendimiento académico, en donde ya tienes un ritmo de trabajo establecido, en donde ya diferencias quién es serio y quién no a la hora de conformar grupos de trabajo, en donde ya reconoces e inclusive cuentas y te deleitas con todas las beldades con las que te tocó compartir cada clase, en donde tomas conciencia de todo lo que significa sacar adelante un corte del semestre, entre otras que mi mente no alcanza a recordar, justo en uno de esos días en donde la premura es la orden del día, había comenzado esa vez mi arrebatada carrera al baño en el inicio de lo que iba a ser para mi ese fatídico e inolvidable miércoles.
Fuí víctima de mi propia pereza al prolongar con ramplonería olímpica, mis espacios de añorado sueño. El proceso que implica interrumpir mi sagrado momento de comodidad horizontal, bañarme, alistar mi morral, salir de mi amado domicilio para hacer pogo en el transmilenio y luego llegar a tiempo al parcial que esa vez tenía programado, me significaba un déficit de tiempo que supeditó cada uno de mis movimientos a una prisa tal, que con certeza me haría omitir minucias que sin saberlo podrían afectar con severidad toda mi jornada, y yo que pensaba que desde que llevara mi morral, los trabajos de momento y mi billetera todo estaba bien, cualquier cosa que se me quedase por fuera podía esperar.
Afortunadamente llegué a tiempo a mi horario de entonces (7am a 1pm) -y de ahora- a vivir la expectativa y el pánico previos a un parcial, la extensión de brazos a raíz de lo corto e incómodo que se queda tu pupitre cuando éste no puede más con tu reguero de hojas e implementos, toda esa presión mental durante la resolución del mismo, agregados a ese desespero y trancón sináptico que se empieza armar en tu cabeza cuando llega a tus oidos la frase más impía y desconsiderada que pueda pronunciar un profesor en un exámen en donde las preguntas te requieren concentración y un larguero como respuesta: "Quedan 2 minutos", cuando en realidad quedan 10. Pero son tan malvados estos sujetos, que en el evento de presentarse alguna queja manifiesta responden: "Serán 10 en su reloj, pero quedan 2 en el mío, jóven. Así que apúrese, ya debería haberme entregado", jaaaah... Qué te cuento...
No obstante, a pesar de haber sufrido las adversidades propiamente dichas de un parcial, alcancé a entregar mi hoja de respuestas dentro del tiempo asignado y así fue, como logré ultimar una de las muchas vorágines de nervios y teoría insulsa que tenía en la semana.
Eran las 9 de la mañana y salí de aquel salón hacia el edificio más bonito que tiene mi universidad en donde encontraría la sala de computadores, sala que a propósito hace parte de mi itinerario de locaciones en esas ocasiones cuando se me presenta un hueco (o espacio libre) en el horario. Sería justo allí en donde desperdiciaría mi momento de esparcimiento mientras espero la siguiente sesión que tendría lugar a las 11 de la mañana y en ese mismo piso se ubicaba uno de los mejores baños que pueda ofrecer el campus, la sala de cómputo, el salón de mi próxima clase y el hogareño baño, todos unidos por un largo pasillo.
Fueron minutos más tarde en donde comencé a notar que sufría uno de los primeros estragos físicos del parcial, cuando advertí que de la profundidad de mis extremidades superiores empezaba a emerger en proporción tenue, un olor amorfo, producto lógico de esa masiva secreción de líquidos durante el maldito exámen de los que afortundamente sólo yo percibía o que creí ser el único en percibir. Peor aún si se tratara de un individuo al que ya le habían diagnosticado un moderado caso de molesta Bromhidrosis.
Extrañado ante el fenómeno, comencé a hacer instrospección a esa precisa mañana. ¿Recuerdan que ya mencione que había omitido algunas minucias que podrían cambiar mi día? Bueno, había olvidado el celular, peinarme, cerrar la puerta de mi cuarto para que mis perros no entraran a mearse, olvidé llevar un libro que me prestaron, llevar otro CD para escuchar en el trayecto....ah sí, me faltó aplicarme desodorante.
Santa mierda, ¿Cómo fue que lo olvidé? Aunque la cosa en ese momento no era tan grave si traía conmigo esa vez una gruesa chaqueta de jean que me ayudaría a atenuar cualquier sádica sospecha, así que me la puse. No obstante comencé a teclear en exceso y a visitar sitios que demandaban opiniones al respecto. Diletancia pendeja, gente que me putea, la cual nunca falta en los foros de política y deportes a los que recurro, en fín a medida que iba tecleando, leyendo y disertando me iba viendo tan entretenido y tan concentrado que decidí detener mis acciones y fue justo allí en donde llegué a ese punto en donde la fobia del hedor de mi sudoración que me había incomodado hace algunos minutos, logró perturbarme demasiado, así que decidí interrumpir mi sesión ociosa de una jodida vez y me salí de la sala para ver cómo salía de esa situación.
Bueno, una vez afuera abrochémonos la chaqueta con los brazos bien abajo cual árbitro de fútbol en comercial de rexona y vayamos a la tienda más cercana a comprar una bolsita. Meto la mano en mi bolsillo de la plata y: ¡Oh, sorpresa! No tengo un puto peso. ¿Porqué me las tenía que dar de responsable y comprar fotocopias? No sientía monedas, ni billetes, tan sólo la tarjeta de transmilenio y peor si tenemos en cuenta mi costumbre de no cargar dinero en la billetera. Cielos, ¿ahora que hago? Bueno, llamemos a mi compinche, él entenderá mi necesidad por lo tanto vamos a pedir dinero prestado pero, ¿en dónde lo encuentro? ¿Cuál era su horario? Y si lo tuviese ¿En qué salón se encontraba? Oh, changos.... recuerden que dejé mi celular en la casa, me da la misma, minutos no tenía.
Ante semejantes negaciones, me tocó recurrir a la opción más ordinaria de todas, meterme al baño de ese elegante edificio a bañarme las axilas con jabón lo más rápido posible. Chún, entro al baño, me dirigo al dispensador de llave más cercano y qué encuentro: no hay jabón líquido. No hay nada en el dispensador que siempre veía lleno las ocasiones previas en las que había entrado. Era justamente una de las razones por las que siempre acudía a ese baño así eso implicara salir de un edificio hacia otro que entre sí demandasen una considerable distancia de 3 largas cuadras por muy pendeja que fuera la diligencia.
A ese baño entraron hartas personas que por fortuna ni se inmutaron de mi presencia en aquel lugar. Encerrado en una de las cabinas del cagadero de marras, recostado sobre la puerta hacia adentro me ponía a pensar qué era lo que debería hacer. Y faltar a la siguiente sesión me era imposible, por lo que se iba a tocar el tema principal de un importante parcial. ¿Cuál era la señal horaria? Eran las diez y media y no daba con ninguna solución que me permitiera superar este oso, igual no me sentía mucho olor, pero ese miedo a un ridículo higiénico me turbaba bastante.
Decidí salir de aquel lugar para volver a entrar, así en sucesiva forma. Hasta que en una de esas salidas del baño, unos amigos míos con los que previamente trabajé y que coincidían conmigo en la clase que esperaba, divisaron mi desagradable humanidad a lo lejos, sentados en las sillas del pasillo y a razón de eso fue que ellos empezaron a hacerme señas y a llamarme con urgente camaradería. Yo preferí devorlerles el saludo a la distancia y luego intenté meterme al baño hasta que dieran las once, pero la velocidad con la que me alcanzaron aquellos parranderos superó categóricamente mi preventivo movimiento. Me halaron hasta la puerta del salón en el que tendría la sesión, si bien la distancia entre el baño y el salón en cuestión era relativamente corta. Empezaron a indagarme sobre mis aventuras con los parciales de la semana, relatos mutuos de fracaso que se tomaban la pequeña reunión. -Mirá, yo saqué 2.7, no, yo saqué 1.5, yo trataba de evitar los aires de presunción ya que en mi caso particular, con o sin suerte había salido bien librado de los parciales más exigentes, y uno de esos amigos, en un gesto que podría esperar de un ente roscón, trató de recostarse contra uno de mis hombros, a lo que yo me rehusé exitosamente.
Ya iban a ser las 11 y seguíamos hablando. Yo tenía mi mente mis problemas axilares, respecto a lo que ellos pudiesen notar. Y cuando pensé que las cosas no podían empeorar aún más, de la escalera emergió nada menos, que una de las compañeras más atractivas que había tenido en mi vida. La nena se tenía demasiada amistad con los amigos con los que estaba, y justo ese día y no en las 5o mil clases de bastantes semestres previos en los que nos habíamos encontrado pero que nunca habíamos hablado siquiera, se le dió por dárselas de cariñosa cuando se apresuró a ofrecerme un efusivo saludo de beso y abrazo, el paquete completo. Maldita sea, ¡porqué me pasa esto el día en el que no me eché desodorante!!!!, en ese entonces a causa de ese exagerado saludo -el mismo que habían recibido todos allí- me tocó hasta ponerme de pie a razón de la gran estatura que portaba esta preciosura con merecida altivez.
Peor se ponían las cosas, cuando de pronto la alcanzaron sus amigas, de lejos, de mejor calidad genética que la primera susodicha. Justo ahí, también me ofrecieron un saludo similar, y sí que era extraño ya que eran personas con las que jamás había tenido contacto. Ya me habían visto, pero nunca nos habíamos balbuceado siquiera un -hola y adiós- entre nosotros. El lugar se empezó a llenar de gente. Todos me preguntaban cosas y nada que venía la profesora de la clase. Ya era hora que se presentara, eran un poquito más de las once de la mañana. Ya estaba harto de esta situación, a ver, imaginenme ustedes, sentado casi acostado sobre la silla con los brazos bien pegados con disimulo estoico, respondiendo en monosílabos a las personas que demandaban mi respuesta.
Bueno jueputa, ¡por fín!, llego la profesora, pero el salón está cerrado. ¿Dónde estaba el maldito portero? Para joder por nimiedades si están atentos, malditos bastardos... Ustedes ven que mi narración ha tomado hace mucho tiempo, evidentes matices de ofuscación y temperancia nula. Cuando por fín se presentaba el atembado portero, prueba todas las opciones del juego de 70 mil llaves que portaba en su mediocre cinturón y adivinen, correcto. Ninguna funciona. La gente alrededor en pleno silencio, mirando expectante la apertura de la puerta para coger buen puesto, una vez abierta. Y nada que daban con la llave, les quedó grande una culada....
Aquel imbécil tomo el radio y se comunicó con un tal Valdivia, quien se demoró en llegar. 11:20 y nada que abrían esa jodida puerta. Las aproximadamente 30 personas contando docente y alumnado sapo seguían en silencio, el único que se privaba de concentrarse en el patético melodrama de los vigilantes y las llaves era este servidor quien, ya había dejado de apretar las posaderas después de todo lo que me había acabado de suceder.
La puerta se abrió 30 minutos después del horario establecido. Salimos a la 1:30 de la tarde, hecho que me significaba perderme uno de los mejores partidos de la parrilla de programación de cuartos de final de la UEFA Champions league.
Cuando me devuelvo para la casa, siempre suelo tomar un colectivo. No me entusiasmaba irme de pie en el transmilenio y mucho menos, después del suplicio de jornada que acababa de tener. En el mismo bus empecé a sopesar todo tipo de cuestiones diversas sobre el cuerpo humano. Preferí analizar lo sucedido en aspecto general, más no juzgar mi propio organismo. Tampoco quería ponerme a pensar si las personas con las que estuve notaron si tenía chucha o no. Me importó un soberano bledo, todo lo que pudieran comentar sobre mi posteriormente.
Mientras la tartala en la que me había montado me acercaba a mi casa, me acordé de aquellos grandes estudiosos que vanagloriaban la anatomía humana, gente como Leonardo Da Vinci, Bartolomeo Eustaquio, el pendejazo con canas ese que presenta "La botica de la abuela" en televisión española, las sensuales profesoras de yoga del canal infinito, entre otros los cuales trataban de inspirar en sus aúlicos, un obligado asombro de esa estructura tan estrictamente funcional que era nuestra corporeidad, oh... con qué utilidad funciona cada cosa, qué maravilla etc, etc...
Sin embargo, al final les podría dar la razón, pero no la absoluta desde el punto en que se pueden develar los típicos sesgos de una exagerada apología cuando infiero que en un momento dado, el cuerpo humano no es tan maravilloso como dicen y así mismo puede llegar a ser en un momento dado, una completa porquería. Mi oprobiosa historia podría dar fe al respecto.
Desde ese día me prometí solemnemente que jamás se me va a olvidar aplicarme desodorante, así me encuentre con 30 minutos o con más de una hora de retraso. Este es el tipo de situaciones de las que no puedes dar espera. Tan sólo me resta recomendarles que tomen nota y que aprendan de esta accidental y desastrosa experiencia, la cual supo crear en mi un verdadero trauma.